domingo, 16 de mayo de 2010

imagen para los Primos novela de Prof. Víctor Arias




Argumento para la novela Los Primos.
Los hechos que narramos en este cuadro son reales, acompañados, claro, de la imaginación popular, donde 665 Primos, que ven en acciones oníricas, la muerte de su tía Hermes Torres Arias y sin ser convocados, despiertan vestidos de Negro y Blanco en la iglesia de las Mercedes, del Municipio Imbert, poblado donde vivía su tía.. Nadie los reconoce como parientes de la difunta y son acusados, por los cinco hijos, de intrusos, impostores, aduladores fantasiosos, alejados de una conciencia real y lógica.


Capitulo primero

Estamos a 19 de abril del año 2010, en Bajabonico de los Guanábanos, muchos comenzaron a llamarle, de Los Félix, o de las Aromas, como quiera que se le llame, aquí nunca el sol ha salido para todos, como señala el refrán. Pienso que eso ocurre en cualquier parte del universo capitalista.
Para los años 1933, la comunidad referida, era rica en cosas, que los que tienen de la cuarta adolescencias, no recuerdan. Muchos de esos octogenarios, ya han montado vuelos hacia las colinas del nunca más. Bajabonico de los Guanábanos era una comunidad rica en café y en cacao. También en viandas conuqueras. La recolección de las frutas, en la yuquera y en el ingenio con los nuevos dueños facilitaba empleos a una juventud que no estuvo entrampada en los barrotes del mal de los vicios de caminos, en los primeros pasos que daba la tiranía.
La señora Hermes Torres Arias, vivía en el cortijo de su marido, el señor Evaro Medina Cruz, quien era a su vez hijo, de Juan de la Paz Silverio Medina. Ella era madre de Teresa, de Bienvenido, Víctor, de Roberto, de Benita y de Rosa. De esos seis hijos, Bienvenido habia muerto, en sus días lactantes. Hermes habia nacido, en Jicomé de La Esperanza, municipio de la Provincia Valverde. Entró a los intereses de los Medina Cruz, en los años 40 cuando contrae casamiento con el señor Evaro.
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Yo quiero que los primos entren por esas puertas que son las de nuestros abuelos y bisabuelos que se sientan sin comas y sin concordancias, que no se preocupen por las comas ni los acentos, tampoco por las mayúsculas o lo que sea, pero tengan alta preocupación, por los signos emocionales y de intolerancias. Por los signos de la ortodoxia familiar de cualquiera de las etnias.
Que si hay comidas en las mesas pueden comer sin arrastrar las sillas ni chapaleos. Pero que recordemos que para poder ser primo primero hubo de ser hijo de algunos de hermanos o algunas hermanas.
La tarde estaba plomiza, las ramas de los limoncillos y de las Guásumas, como las hojas de los higüeros y de la mata “lágrimas de burro”, no se movían. Pero ningún Primo llegaba todavía, Hermes sabía, que en horas comenzaban a caer las goterotas de lluvias y, con ellos llegarían las danzas de las ramas y los vuelos del Ganso llevando saqueras de su energía a las colinas, en la ribera del río.
Las escobas estaban armadas y convocó a continuar barriendo, antes el inicio del primer vuelo rodeado de sabanas de cretonas blancas con arandelas misteriosas como si fumara una boca invisible, hacia la colina, dejando caer señales de humo en pálidas cadenetas. Un vecino de la señora Hermes, le pasó una hoja alargada y se la puso en la boca y por el sabor que sus papilas recibieran se dio cuenta que se trataba de una pluma del viejo ganso que enviaba la segunda señal. Detrás de la pluma caían las hojas de limoncillos y de las otras ramas, comenzaba a llover permaneciendo así, por mucho más de media hora.
Eran las 4:56 minutos se detuvieron las escobas de Hermes, Robertilio entró sin puntos ni comas lo hizo por la ventana de la izquierda, cerca de la cocina. No dijo que el ganso estaba listo para el mandado oficial, se sentó a su lado sin mirar a nadie. Cuando el ganso retornaba de ese oficial viaje entraba la noche con su traje de topacio dejando ciego a los que a ella miraron, entonces sin mandarlo Robertilio, encendió unas lámparas. El pensaba para su adentro, lo hacía olvidando las ortodoxias de las etnias. Comenzó a caer la lluvia que Doña Hermes en cualquier momento de sol durmiente o de luna despierta, esperaba comenzaron los quejidos con llantos, pero sin miradas con pocos movimientos, en la cara, en el rostro seco. Estaban a su lado, los parientes. Pero, uno de los cinco hijos, se había despedido, desde el momento que limpiaron la casa, en operación de aparatares luctuosos. La ignorancia cierra las puertas de los juicios razonables. Era, para él, una actitud descorazonada, en los salones de Guanabanía. En el primer viaje oficial subió a las ancas del gigante ganso blanco, Hermes llevaba en sus manos una lámpara apagada, cayendo como gotas de una cántara horadada, acostada encima de lo que fueran sus dolencias, no era cosa que para uno, de los cinco hijos fuera, del otro jardincito donde las corolas y los pecíolos, se marchitaran después de la media noche.
Ahí la veían sus nietos y los sobrinos, como una gran rama caída, encadenada a una dolorosa condena, rendida ante los gigantes hoyos del camino, no oía los cantos del gallo, donde uno de los cinco hijos, sostenía en silencio su pena, y veía caer como pencas de palmeras, y hojas de naranjos y de jaguas verticales. Se conformaba despejando ruidos de entre los sonidos naturales, el canto de tórtolas y de palomas y el murmullo de la nada, en el silencio sin cantares ni esperanzas.
Quizá para un sobrino llamado Sucreño, sea bella la partida de la tía, pero para Henolio, dolorosa era. Mas uno, de los cinco hijos, con los cerrados ojos la veía viajar con alas de lavazas, sobre las blancuras de las inocentes nubes, dejando caler lágrimas que como el maíz se traducían en matitas espigadas, en los patios de las casas de los parientes más cercanos. En tonadas de encantos dejaban caer también la sinfonía de Rafael Solano, las que “Por Amor” cambiaba sus palabras.
El sepelio continuaba en desfile sin arrogancias vehementes, mas, con sirope de jengibre y de entusiasmo azucarado cruzaba las líneas en vías cruces lapidarias sondeando los verdes senderos de unas campiñas de dolencias y de quejas pesadas por la preñez alejada de apetencias desventuradas. Pero con pocos movimientos en la cara, en el rostro seco parecía cortar una sonrisa alternada, bajo el sol durmiente, bajo la sombra de lunas despiertas con quejidos. Me duele su dolor, la hinchazón de sus piernas y la pesadez de la mirada cansada por los años.
Ahora escucho que el canto del gallo despertó a los parientes más cercanos y agarraron las sogas donde estuvo por largas horas amarrada a las alas de tafetán blanco, sobre las nubes de mostazas. Cubriendo el rostro para sostener la boca de la herida que ha provocado su partida.
Así han ocurrido las cosas, con murmullos y pocas quejas, pero el cántaro de lágrimas se volteó después, en el camino hacia la escalera de las nubes de lavazas. Llegó la noche y abrazó el esqueleto y el cuerpo de doña Hermes. Uno de los cinco hijos siguió organizando su tristeza que emparedaba en un pedazo doble de casabe moscatero. Añejado regurgitando en la esquina de una estación de animosidad pesada cual crucifijo milenario colocando los pedazos de la madrugada, en una lata de barro lechado.
A uno de los Primos le parecían helados ensangrentados y rumió desgranando las imágenes de la tía, conjugándolos en rosarios los recuerdos.
Sucreño estuvo durmiendo la tarde entera, no escuchó la caída de los aguaceros, sin embargo se creyó flotar al lado de las nubes de lavazas, autovía conducente a la séptima montañas. Henolio llevaba los pies salpicados de lágrimas, como arandelas de gotas cristalinas, salidas de unas bolsas gemelas de ópalos de vidrios. Como un adorable adorno de gotas convertidas en perlas caídas de un árbol antes de menstrual. Mientras tanto Magdala a distancia, bebía en unas copas, de dolencias fiscales, su vino de pesadumbres ecuménicas, pero ortodoxas. Su hermano Luichino, cortaba en pequeñeces, como trillas de gramíneas en flores en estivales. Sucreño
Medina, estuvo con la cabeza forrada de hojas de tabacos, refriado, agripado, por la brisa que azotara el ganso cuando hiciera el quinto viaje a las colinas.

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